martes, 22 de enero de 2013

"Si no eres porfiado, olvídalo, te dirán que no hay espacio, ni dinero, ni lectores"

Por: Fuentes
Periodismo/La Capital.com.ar
Periodista colomabiano Alberto Salcedo Ramos

Alberto Salcedo Ramos, maestro de la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano y uno de los autores más influyentes en el género de la crónica,  cuenta sus comienzos y su visión del oficio

Una mañana de diciembre de 2011, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Alberto Salcedo Ramos leyó sus Consejos para un joven que quiere ser cronista. La conferencia que lo tenía como panelista era una de las actividades centrales del Encuentro Internacional de Periodistas, y la sala estaba a reventar de estudiantes de comunicación. Delante de ellos, aquel colombiano alto, de lentes, cuya seriedad al hablar del oficio no contenía un gramo de afectación, leyó: "Si no eres porfiado, olvídalo. Te dirán que no hay espacio, ni dinero, ni lectores. 



En vez de perder tiempo quejándote, pon el trasero en la silla como proponía Balzac. Y cuando empieces a trabajar escucha el consejo de Katherine Anne Porter: no te enredes en asuntos ajenos a tu vocación. A un narrador lo único que debe importarle es contar la historia".

La apuesta por la franqueza fue en ascenso: Salcedo Ramos, autor de cinco libros de no ficción (ver recuadro), director de talleres de periodismo narrativo, y ganador —entre otros— del Premio Internacional de Periodismo Rey de España, del Premio a la Excelencia de la Sociedad Interamericana de Prensa y del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en cuatro oportunidades, decía que estar aislado para escribir era duro, que él había llegado a sentirse tan oprimido por el encierro que en una ocasión consideró como una utopía salir a pagar la factura del teléfono, que había días en que uno apenas alcanzaba a precisar un adjetivo, y al día siguiente lo borraba porque ya no le gustaba. Citó a Dorothy Parker: "Odio escribir, pero amo haber escrito".

Para los que no lo conocíamos y lo escuchamos aquella mañana, parecía evidente que el que hablaba era un maestro, en el sentido más antiguo de la palabra: alguien que había llegado al grado más alto en un oficio artesanal —el de narrar historias—, y por eso podía dar lecciones sobre ello, sin necesidad de apelar a virtudes esotéricas ni a la condescendencia, sin imponer distancias insalvables entre él y aquellos que estuvieran dispuestos a creer en la crónica, a compartir esa pasión por las historias que le ponen "rostro y alma a las noticias". Después de leer sus textos y de conocerlo, comprendí que aquella impresión era atinada. Y no era original. "Sus crónicas", escribió el periodista estadounidense Jon Lee Anderson, "me hacen pensar en esas épocas pasadas en que los viejos contaban historias alrededor de las fogatas, y así, con sus cuentos, le inculcaban sabiduría a sus tribus".

Alberto Salcedo Ramos nació en 1963 en Barranquilla, la cuarta ciudad de Colombia, frente al mar Caribe. "La gente allí suele ser muy burlona y chismosa", me cuenta por correo, "y por eso Gabriel García Márquez dice que en Barranquilla no hay prestigio que dure tres días". Se crió en un pueblo llamado San Estanislao, aunque nadie le dice el nombre: "Todos le llamamos Arenal debido a la cantidad de arena que hay allí. Es un pueblo atrasado, que apenas tiene dos calles pavimentadas". Allí, en las esquinas de Arenal, escuchando las conversaciones de los mayores al atardecer, Alberto Salcedo Ramos se comenzó a forjar como contador de historias.

—¿Cómo decidiste dedicarte al periodismo? Es decir: ¿de qué manera te diste cuenta que era esto lo que querías hacer? He leído que tu madre no quería que te dedicaras al periodismo, que lo consideraba como "un oficio de bohemios irresponsables".
—Mira, Arenal es un pueblo de campesinos y ganaderos. Esa es gente que no tiene la lectura entre sus prioridades. En la casa donde yo me crié había pocos libros sueltos. Por eso me atrevería a decir que los primeros libros que yo leí no fueron escritos: los primeros libros que yo leí fueron las historias orales que contaban los campesinos de ese pueblo. Con el tiempo he descubierto que cuando yo aguzaba el oído para oír las conversaciones de los mayores en las esquinas, lo que estaba haciendo era leer. Viendo la situación en perspectiva, descubro que ya entonces sentía curiosidad por los relatos.

—¿Por qué elegiste el periodismo? ¿No querías contar historias de ficción?
—A uno en la infancia le tiene sin cuidado si las historias que quiere contar han sucedido o no en la vida real. Yo quería contarlas y punto. Me propuse estudiar literatura porque en la adolescencia suponía que esa era la carrera natural para quienes queríamos dedicarnos a escribir. Mi madre me dijo que como escritor enfrentaba el peligro de morirme de hambre y me sugirió estudiar periodismo. Yo le seguí el consejo. Cuando empecé a ejercer el oficio de periodista creí que estaría de paso, mientras me convertía en un escritor de novelas y cuentos, pero muy pronto descubrí que en el periodismo también existía la posibilidad de contar historias. Entonces ya no sentí que el periodismo era para mí una estación de paso, sino un sitio en el cual quería permanecer.

—¿Qué cosas hiciste como reportero hasta que pudiste comenzar a ganarte la vida como narrador, escribiendo crónicas?
—Como reportero atendí fuentes estatales, entrevisté reinas de belleza, cubrí congresos antidrogas, escribí pies de fotos y noticias breves. Es decir, yo presté el servicio militar obligatorio de los reporteros en el periodismo del día a día. En esa rutina aprendí a tomarle el pulso a la realidad. Si no seguí en la sala de redacción de un diario fue porque tenía un proyecto personal que consistía en contar historias. Quería cumplir el sueño que había tenido desde cuando era niño. Ojo: yo no creo que hacer crónicas me convierta en un profesional de mejor familia, en absoluto. Simplemente hago crónicas porque narrar es mi gran pasión.

—Tu obra periodística, además de personajes de la cultura popular colombiana, abarca grandes historias de personajes desconocidos, de gente común y corriente. En el periodismo por lo general escasea una mirada que enfoque ese tipo de historias. ¿Fue una elección deliberada?
—En principio no fue una elección consciente. Escogía las historias de la cultura popular porque estaban allí, a la vista. Era apenas natural que me fijara en ellas porque las tenía frente a mis ojos, ya que crecí en el Caribe colombiano, donde hay un gran temperamento folclórico y donde se le rinde culto a la oralidad. Ya después algunos lectores me hicieron ser consciente de esa preferencia, pero como te digo: al principio era algo espontáneo. Contar la cultura popular es fijarse en un sector de la sociedad excluido por la gran prensa.

—Has escrito que te producen alergia las historias que lo reducen todo al blanco y al negro. Muchos editores, al menos en Argentina, suelen insistir en que los lectores necesitan los hechos así, predigeridos. ¿Por qué creés que esta mirada se ha vuelto hegemónica?

—A uno le enseñan que los periodistas no somos jueces, pero eso es algo que todo el mundo olvida en cuanto llega a trabajar en los medios. La gran verdad es que los medios sí toman partido. Esto no necesariamente es malo. ¿Cómo va a ser uno imparcial, por ejemplo, en un debate en el que se enfrenten un funcionario corrupto y un investigador honrado? Uno muestra las dos posiciones, pero debe ser capaz de ubicarse a favor de lo que le conviene a la sociedad. Ahora bien: tomar partido no exime al periodista de buscar puntos de vista contrarios al suyo y a la posición editorial del medio para el cual trabaja.

—¿Qué cosas te molestan cuando lees la prensa, cosas que crees que empañan el oficio, o que son imperdonables en el periodismo, aún el que se hace bajo la presión cotidiana?
—Me molestan los columnistas monotemáticos que siempre dicen lo mismo y por tanto son previsibles. También los que hablan todo el tiempo desde una posición de superioridad moral, como si fueran dioses inmaculados con la autoridad suficiente para juzgar a todo el mundo. Me ofenden los que utilizan el oficio para hacer favores personales o para pagarlos. Me ahuyentan los que maltratan el idioma al escribir, que cada vez son más numerosos.

—Uno de los capítulos de tu libro La eterna parranda se llama "bufones y perdedores", y tu obra también está poblada de boxeadores, cuyas historias contienen, casi siempre, cierta épica de la derrota (en el ring o en la vida). ¿Por qué te atraen tanto las historias de perdedores? ¿Qué se puede aprender de ellos?

—Bueno, tu célebre compatriota Jorge Luis Borges dijo una vez que "la derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce". No calculo escoger a los perdedores, pero sí creo que con ellos me conecto de manera más fácil. El éxito impone barreras, aísla a quien lo tiene y le convierte el rostro en una máscara. La gente que triunfa se vuelve rehén de su propia imagen y ya no quiere ser vista por ojos fisgones como los de nosotros, los cronistas. García Márquez bautizó tal síndrome con el nombre de "el círculo de tiza". Los triunfadores trazan mentalmente ese círculo y establecen que nadie tiene derecho a entrar ahí. Los perdedores nos abren las puertas y nos dejan ver su desnudez. Esto es así, por lo menos, en el mundo del boxeo.

—¿Cómo lográs la confianza con tus personajes? ¿Cómo accedés a ellos para que te permitan ver aquellas cosas más íntimas, para que te abran las puertas de su vida?
—Ante todo, soy claro: les digo qué quiero hacer, cómo lo quiero hacer y cuánto podría demorarme haciéndolo. Los escucho con curiosidad genuina, y procuro que me dejen verlos en su cotidianidad. Eso me interesa mucho más que sentarme con ellos a hacerles preguntas. Mi consejo es seguir yendo tanto tiempo como sea posible, sin afanes. En los primeros encuentros los personajes suelen ser formales, porque no han entrado en confianza, pero después se relajan y me permiten mirar más hacia dentro.

—¿Cuál es el límite entre lo que se puede contar de un personaje y lo que no?
—Bueno, yo siempre me pongo en los zapatos del personaje. Hay ciertas cosas de la vida privada que uno como periodista no debe ventilar en público. Es de mal gusto invadir esas esferas tan íntimas. Si un personaje es mujeriego y mete chicas en su casa, es su vida privada. Pero si ese mismo personaje está detenido por homicidio y mete mujeres en la cárcel, con la complicidad de los guardianes, eso ya no es vida privada. O, por lo menos, los lectores tienen derecho a saber que en la cárcel que todos pagamos con nuestros impuestos el asesino no paga una condena sino que se la pasa de juerga.

—En algunas de tus crónicas salen a la luz situaciones que vuelven a las historias que enfocas en tragicomedias: encontrás tragedia en lo supuestamente cómico, y a la vez surgen momentos de humor en las realidades trágicas. ¿Crees que eso es un rasgo que contiene la realidad colombiana, o incluso latinoamericana?
—Es que hablar de lo trágico en términos trágicos y de lo cómico en términos cómicos, es una redundancia. Me gusta buscar lo ordinario de lo extraordinario y viceversa. La realidad de América latina está llena de contrastes. ¿Cómo se explica uno, por ejemplo, que ciertos países naden en petróleo y que, sin embargo, estén tan empobrecidos? No es gratuito que el único producto narrativo genuinamente latinoamericano que nos hemos inventado a lo largo de la historia sean las telenovelas.

—Por lo que he leído, sos un coleccionista y divulgador de frases clave sobre el oficio, la escritura, el periodismo. Me gustaría que me cuentes algunas de las que siempre tenés a mano, las que te parecen fundamentales para tener en cuenta a la hora de narrar.
—La frase más bella de todas las que he oído y citado es una de mi abuelo, un campesino de escasos estudios. Él decía: "quien quiere besar, busca la boca".

—¿Para qué debería servir el periodismo? ¿Para qué sirve la literatura?
—El universo de la literatura nos ayuda a soportar el universo que cada mañana nos muestra el periodismo.



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