domingo, 18 de agosto de 2013

Las tramas del ayer: historia de las historias de la literatura venezolana

Por: Diego Rojas Ajmad
Saparapanda/Fuentes
Se confunde comúnmente el término “literatura” con el de “obra literaria”. Sin embargo, y aunque suene paradójico, una comunidad, un territorio, puede exhibir varias obras literarias en su haber cultural y aún así carecer de una literatura que lo identifique.

Una literatura es una construcción social, un sistema de obras hilvanadas por categorías comunes establecidas por las disciplinas que les dan soporte a los estudios literarios, de cuyas prácticas de valoración, comparación y registro surge lo que denominamos propiamente como literatura. La “Literatura” es una manera de entender, de organizar, de dar forma a la múltiple variedad de un conjunto de obras literarias.


Vista así, la Literatura no es la biblioteca que percibimos, sino la perenne tarea de los estudios literarios en establecer relaciones entre cada libro de esa biblioteca y entre esa biblioteca y otras aledañas. Para realizar esta labor, los estudios literarios se fundamentan en la clasificación de las obras por criterios de valor, de categorías generales y por juicios temporales. Es en este accionar que existe la posibilidad de entender lo literario como ciencia, como discurso organizador y lógico del hecho literario. Así, son tres las maneras de asediar el hecho literario: estableciendo los fundamentos que lo hacen ser obra de arte, valorando los méritos que permitan su clasificación y organizando temporalmente sus cambios y evoluciones. Para decirlo con otras palabras, la Teoría, la Crítica y la Historia son los ámbitos que conforman los estudios literarios.

Estas tres disciplinas no se desarrollan de manera independiente sino que superponen sus fines y resulta imposible la comprensión y el desarrollo de una de ellas sin la presencia de las otras. La Críticaliteraria, por ejemplo, debe fundamentar sus juicios en elementos históricos y teóricos que le permita apreciar con mayor tino la obra a analizar. Una Teoría literaria que no asiente sus postulados en obras literarias concretas de seguro divagará en la configuración de esquemas y criterios. Una Historia literaria, por su parte, urge de escalas de valores y de principios ordenadores. Ya Wellek y Warren habían advertido de esta relación indisoluble: “Los métodos así designados no pueden utilizarse separadamente, que se implican mutuamente tan a fondo, que hacen inconcebible la teoría literaria sin la crítica o sin la historia, o la crítica sin la teoría y sin la historia, o la historia sin la teoría y sin la crítica”.

En nuestro país, por no hablar del ámbito hispanoamericano, la situación y desarrollo de estas tres disciplinas ha sido breve, leve y casi espasmódico. La teoría literaria no ha pasado de ser aventura intelectual de unos pocos; la crítica, ejercicio para la afrenta o la exaltación gratuita; la historia literaria ha devenido en inútil manual escolar digno de olvido. Ante este panorama, los estudios literarios exigen una revisión de sus fundamentos, que vuelva a la teoría, a la crítica y a la historia a su condición inicial de trenza imposible de desanudar.

En el caso específico de la historia literaria, esta tradición tiene en nuestro país ya más de cien años y hasta el momento no existe un balance de sus prácticas y de su oficio. No se ha realizado el recuento sosegado de las historias literarias escritas en nuestro país ni mucho menos se ha reflexionado acerca de sus aciertos y fallas.

De los tres ámbitos que conforman los estudios literarios, la teoría, la historia y la crítica, los dos primeros han tenido escaso o nulo desarrollo en nuestro país. El valorar las obras literarias ha sido práctica común, tal como lo demuestra el trabajo Bibliografía de la crítica literaria venezolana 1847-1977, realizado por Roberto Lovera De Sola (1982), en el cual se registran 1.749 textos de crítica literaria en un lapso de 130 años, ello sin contar los aparecidos en prensa y revistas, con lo cual este número seguramente se triplicaría. Sin embargo, la reflexión sobre los fundamentos de lo literario y la meditación sobre sus periodizaciones no ha encontrado en estas tierras sustento que la convierta en tradición. Evidencia de este desdén hacia lo teórico es el hecho de que bastan y sobran los dedos de una mano para contar los que han intentado desde Venezuela una teorización de la literatura: Beatriz González Stephan, Milagros Mata Gil y Víctor Bravo. No más.

El ejercicio historiográfico en Venezuela no ha corrido mejor suerte. Esta afirmación ha sido planteada también por Rafael Arráiz Lucca, quien en un libro de reciente publicación sentencia: “Las aproximaciones a la literatura venezolana con un propósito totalizante no abundan. Escasean, pues, los que de un solo envión examinan el devenir histórico de nuestras letras”. Desde 1906, año en el cual se inicia la historiografía literaria en Venezuela, hasta el presente, se han elaborado sólo seis trabajos que intentan organizar el corpus de la literatura de este país:

Año
Autor
Título
1906
Gonzalo Picón Febres
La literatura venezolana en el siglo diez y nueve
1940
Mariano Picón Salas
Formación y proceso de la literatura venezolana
1948
José Barrios Mora
Compendio histórico de la literatura venezolana
1952
Pedro Díaz Seijas
Historia y antología de la literatura venezolana
1969
José Ramón Medina
Cincuenta años de literatura venezolana
1973
Juan Liscano
Panorama de la literatura venezolana actual

Se han excluido de esta lista a José León Escalante, Ideas sobre el movimiento literario actual en Venezuela, de 1936; Manuel García Hernández, con su Literatura venezolana contemporánea, de 1945;  Arturo Úslar Pietri, Letras y hombres de Venezuela, de 1948; Mario Torrealba Lossi, Literatura venezolana, de 1954 y a Pedro Pablo Barnola, con Altorrelieve de la literatura venezolana, de 1970, por cuanto estas obras no constituyen historias orgánicas completas. Aunque en algunas antologías se mencionan a estas obras como “historias de la literatura venezolana”, en realidad son compilaciones de artículos publicados previamente en la prensa, dedicados a un trabajo exegético de autores y obras aislados y sin interés de búsqueda de orígenes y causas.

El mismo Arturo Úslar Pietri, en la obra antes citada, dirá enfáticamente de su libro, afirmación que puede ser aplicada al resto de las obras mencionadas: “Están por eso lejos de ser una historia de la literatura venezolana. Para serlo les faltarían muchas cosas. Entre las más inexcusables: un recuento de la extensa y valiosa obra de los historiadores y ensayistas y un panorama de la poesía, sobre todo la de los últimos años, tan decidora y alta. A lo que más se acercan estas páginas es al esbozo de una cronología del espíritu venezolano, acompañada de una corta galería de siluetas de los hombres en quienes encarna con torturada vocación”.

Para el estado de nuestros estudios literarios, el sólo mostrar el corpus de nuestra historiografía literaria ya es un avance. Sin embargo, estamos conscientes de que con la sola recopilación no basta. El análisis y la búsqueda de vínculos y matices entre una historia y otra es una tarea por realizar. Aquí mostramos el mapa. En otro momento, y quizás otras personas, emprenderán este camino.






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