Por: José David Hernández
Son casi las tres de la tarde. Desde
hace más de siete horas que no ingiero alimento alguno. Quizás el apetito voraz
de mi estómago ha comenzado a devorar las pocas neuronas que me funcionan -o
creo que funcionan-, cual zombi de película de bajo presupuesto.
Mientras tanto, mis oídos, y mi alma,
alter ego, chispa divina, o como se llame "eso" sin lo cual solo soy
un montón de pellejo, tripas y hueso; vibran extácticamente con la voz y la
increíble guitarra de Eric Clapton,
quien ejecuta la versión más magistral de "Why
Does Love Got To Be So Sad".


